Tu cuerpo lleva meses mandándote avisos. Yo tardé años en leer los míos
Me llamo Iván y aquí me tienes, posando como dicta el manual del buen entrenador personal.
Probablemente has llegado aquí porque tu cuerpo te está mandando "notificaciones" que ya no puedes ignorar.
Espalda cargada, cuello tenso, barriga que asoma más de la cuenta y una sensación constante de cansancio aunque “no haces esfuerzo físico”.
Sabes que deberías moverte más, entrenar, cuidarte… pero entre reuniones, mails y mil historias, el gimnasio es lo último de la lista.
Encima, cuando terminas de trabajar lo que menos te apetece es desplazarte a ningún sitio para seguir haciendo lo que ya haces todo el día: obedecer horarios.
Lo sé, porque yo he estado exactamente ahí.
Y precisamente por eso no me lo tomo a la ligera.
No soy el típico que aprendió cuatro ejercicios en YouTube y montó un Instagram. Tengo el certificado oficial que me habilita para esto en España (el AFDA0210) y la certificación internacional de referencia, NSCA-CPT.
Pero, más allá de las siglas, llevo años acompañando a personas que llegaban igual que tú: cansadas de posponerse para "cuando tengan tiempo".


El día que mi propio cuerpo me echó del trabajo
Durante años fui informático. Y, sobre todo, fui silla.
Ocho horas sentado tecleando, las suficientes para que mi cuerpo dejara de funcionar y empezara a limitarse a existir. Treinta y pocos años, unos kilos de más, la energía de un anciano y un plan infalible que nunca ejecutaba: "el lunes empiezo".
El lunes, como bien sabes, es un día que no existe.
Hasta que un día eché cuentas. A ese ritmo, mi yo de los 40 venía con el pack completo: dolores de fábrica, una pastilla para cada cosa y esos lamentos de los que hablamos los cuarentones cuando nos juntamos: me duele aquí, ¡con lo que éramos antes...!
No me daba miedo envejecer. Me daba miedo llegar ahí roto y por mi propia culpa.
Así que decidí moverme. Pero con una norma sagrada: nada de gimnasios. No por pereza —bueno, no solo—, sino porque me conozco. Si tengo que preparar y salir para cuidarme, no me cuido. Tenía que poder hacerlo en el salón, en pijama si hacía falta.
Y ahí descubrí lo que nadie me había contado: que la fuerza, bien entendida, no va de levantar hierros para presumir. Va de construirte un cuerpo que aguante la vida que tienes. Y que para eso no hace falta una sala llena de máquinas. Basta tu cuerpo, cuatro cosas y un método que sepa lo que hace.
En tres meses no me reconocía. Más fuerte, más ligero, despierto otra vez.
Para un informático, fue como encontrar el bug que llevaba años ralentizándolo todo. Lo arreglas, y de repente el sistema entero vuela.
Me obsesioné tanto que hice lo lógico y lo insensato a la vez: dejé la informática para dedicarme a esto.
Hoy trabajo con una sola clase de persona: profesionales que se pasan el día sentados, como yo entonces, y que notan cómo la silla les va pasando factura. No les doy rutinas de culturista ni planes de dos horas que nadie cumple. Les doy un sistema eficiente, hecho para casa y pensado para mejorar y proteger el cuerpo que van a necesitar dentro de veinte años.
No tienes que reiniciar tu vida. Solo actualizar el código con el que entrenas.
Y de eso me encargo yo.
Iván García Céspedes
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